La tiranía de los esclavos I: La persecución de la belleza

Un amigo mío de la guerra lo llamaba la tiranía de los esclavos. Es una historia que se ancla en las tradiciones filosóficas de nuestra sociedad. Este amigo mío era Licenciado en Historia y le encantaban estos temas. El caso es que hubo un tiempo, hace más de dos mil años, en el que se premiaba la belleza, la juventud, la potencia, la ausencia de piedad, la audacia… En resumen, se ensalzaban todas las grandes cualidades del ser humano. Era el reinado de los héroes y de los poderosos. Aquiles, Héctor, Julio César, Hércules, Gilgamesh, los guerreros de las epopeyas nórdicas… Era el superhombre. Ahora bien, conforme la religión cristiana iba imponiéndose, estos valores fueron mutando. Poco a poco las virtudes de las personas pasaron a ser la compasión, la humildad, el pacifismo, el victimismo. Estos movimientos pudieron ser aplastados por los poderosos, pero esto no ocurrió, y en cuestión de pocos siglos se alzaron con el poder. Era la tiranía de los esclavos, los débiles, los pobres y los poco valiosos; la famélica legión.

El débil sobre el fuerte, el pobre sobre el rico, el feo sobre el guapo, el tonto sobre el listo. A esto hemos llegado, y a esto llamaba mi amigo Raúl la tiranía de los esclavos. Vivimos en una sociedad que premia la incompetencia solo porque reúne algunos valores que, según el hilo moral del momento, son más adecuados para transformar esta sociedad con su ingeniería social. Ahora bien, cuando la gente valiosa se queda por el camino las naciones firman su sentencia de muerte. Será pronto o será tarde, pero será. Yo ya lo he visto, y ha ocurrido muy cerca de casa. ¿De verdad tienes alguna ilusión todavía por vivir en este mundo decadente?

Estos son varios fragmentos de mi novela “Extasía”. ¿Y a qué los saco a colación en este momento? Porque hoy he leído una noticia que ha hecho que me vinieran a la mente.

Resulta que el Ayuntamiento de Zaragoza ha tenido a bien prohibir un calendario que habían hecho los bomberos para recaudar fondos para la oenegé Dona Médula Aragón. ¿Sus motivos? Pues que, según el Consistorio, esos hombres que salen son “un modelo específico físico de hombre musculado en posición de vigor”, algo que “no se corresponder con las políticas feministas del Ayuntamiento”. Porque es un modelo basado en “valores de fuerza y virilidad, que no es el imperante sino un modelo que se quiere idealizar”. Que «O se modifica reflejando la pluralidad de valores masculinos o, si no se modifica, podrán seguir adelante con el calendario pero sin contar con el apoyo del Consistorio», ha asegurado Cubero, y ha añadido: «Igual que no haríamos un calendario con 12 mujeres con medidas 90-60-90″, no se puede comercializar este calendario realizado desde una «lógica heteropatriarcal»

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Creo que en mi novela anticipo una crítica a esta serie de pensamientos, pero es necesario citar en este momento a Steven Pinker, en cuyo libro, “La Tabla Rasa”, da un repaso monumental a la tendencia actual a despreciar la belleza como si fuera algo inventado o, peor aún, pernicioso.

Cuando las predicciones se combinaron con algunos hechos básicos sobre el modo de vida de los cazadores-recolectores al que evolucionaron los seres humanos, resultó que partes de la psique que anteriormente eran inescrutables tenían unos principios tan legibles como los de la percepción de la profundidad y la regulación de la sed. El gusto por la belleza, por ejemplo, capta las caras que muestran signos de salud y fertilidad, justo lo que uno habría previsto en la evolución para ayudar a quien contempla encontrar la mejor pareja.

Pinker, en lo que yo considero uno de los mejores libros que se han escrito en lo que llevamos de siglo XXI, conecta enseguida este movimiento en contra de los instintos naturales como perseguir la belleza con su máxima expresión: el arte moderno.

En el arte del siglo XX, la búsqueda de lo nuevo se hizo desesperada debido a las economías de producción en masa y a la riqueza de la clase media. A medida que las cámaras, las reproducciones de arte, las radios, los discos, las revistas, las películas y los libros de bolsillo se hacían asequibles, la gente corriente podía comprar arte a espuertas. Es difícil distinguirse como artista bueno o como buen entendido en arte cuando la gente posee arte hasta las orejas, gran parte de él de un mérito artístico razonable. El problema de los artistas no es que la cultura popular sea tan mala, sino que sea tan buena, al menos en algunos momentos. El arte ya no puede dar prestigio por la rareza o la excelencia de las propias obras, de modo que lo ha de proporcionar por la rareza de los poderes de apreciación. Como señala Bourdieu, sólo una reducida elite de iniciados podría entender el sentido de las nuevas obras de arte. Y con tantas cosas hermosas como surgen de las imprentas y de las plantas de grabación, las obras distintivas no tienen por qué ser bellas. En efecto, mejor es que no lo sean, porque hoy cualquier estúpido puede tener cosas hermosas.

Una consecuencia es que el arte modernista dejó de intentar atraer a los sentidos. Al contrario, desdeñaba la belleza como algo empalagoso y superficial(52). En su libro de 1913, Art, el crítico Clive Bell (cuñado de Virginia Woolf y padre de Quentin) decía que la belleza no tenía sitio en el buen arte porque estaba enraizada en experiencias burdas(53). La gente habla de hermoso en expresiones como «una caza hermosa», decía, o, lo que es peor, para referirse a las mujeres guapas. Bell asimiló la psicología conductista de su tiempo y sostenía que la gente corriente llega a disfrutar del arte por un proceso de condicionamiento pavloviano. Aprecian un cuadro sólo si representa a una mujer hermosa; la música, sólo si evoca «emociones similares a las que provocaban las jóvenes en las farsas musicales»; y la poesía, sólo si despierta unos sentimientos como los que en cierto momento despertó la hija del párroco. Treinta y cinco años después, el pintor abstracto Barnett Newman declaraba encantado que el impulso del arte moderno era «el deseo de destruir la belleza(54)». Los posmodernos eran aún más desdeñosos. La belleza, decían, consiste en unos criterios arbitrarios dictados por una elite. Esclaviza a las mujeres porque las obliga a conformarse a unos ideales irreales, y halaga a los coleccionistas de arte de orientación comercial(55).

Aquí se desarrolla la idea del arte moderno como un pufo, con todas las letras, para denigrar y devaluar el arte clásico. ¿Acaso hay dudas sobre cuál de estas dos obras es más hermosa? Una alcanzó el precio de 58.4 millones de dólares y la otra sería algo que yo embarcaría en una nave espacial si un meteorito fuera a destruir la Tierra y tuviéramos que salir a toda velocidad.

Prosigue, Pinker:

 Una demostración irónica de la universalidad de los gustos visuales básicos surgió en 1993 de una maniobra de dos artistas, Vitaly Komar y Alexander Melamid, que emplearon las encuestas de estudio de mercado para evaluar el gusto artístico de los estadounidenses. Preguntaban a sus entrevistados cuáles eran sus preferencias respecto al color, el tema, la composición y el estilo, y se encontraron con una uniformidad considerable. La gente decía que les gustaban los paisajes realistas, de pincelada suave y colores verdes y azules, y en los que aparecieran animales, mujeres, niños y figuras heroicas. Para satisfacer esta demanda de los consumidores, Komar y Melamid pintaron una obra que se correspondiera con las respuestas: un paisaje junto a un lago con el estilo realista decimonónico, en el que aparecían niños, ciervos y George Washington. Resultaba divertido, pero nadie estaba preparado para lo que pasó a continuación. Cuando los pintores repitieron las encuestas en otros nueve países, entre ellos Ucrania, Turquía, China y Kenia, se encontraron prácticamente con las mismas preferencias: un paisaje idealizado, como los de los calendarios, y sólo algunos pequeños cambios respecto al gusto norteamericano (hipopótamos en vez de ciervos, por ejemplo). Lo que es aún más interesante es que estas McObras ejemplifican el tipo de paisaje que los estudiosos de la estética evolutiva habían señalado como óptimo para nuestra especie.

Pues bien. Todo el mundo sabe que cualquiera no puede ser bombero. Hace falta ser muy fuerte (amén de destilar osadía y determinación) para poder acceder a una plaza de bombero y es necesario mantener estas cualidades para realizar bien el trabajo. En este sentido, los bomberos son unos de los pocos empleos en los que de verdad sería aceptable (incluso deseable) el culto al cuerpo. Se puede hacer el discurso más complejo pero también se puede simplificar. Los bomberos son hombres que resultan tremendamente bellos y atractivos.

Ahora bien. ¿Qué se considera bello o atractivo? Claramente, no es lo mismo. Belleza se puede encontrar hasta en un motor, pero esto no implica que uno se sienta atraído sexualmente por sus engranajes. Se puede hallar belleza en todas las criaturas y elementos inertes que existen en el planeta. Incluso un ser humano considerado feo (aquí imagínese cualquiera el prototipo que le parezca) puede resultar muy hermoso si se atiende al hecho de que se trata de un animal increíble, uno de los pocos bichos que son capaces de desplazarse en bipedestación, que posee un cerebro fuera de lo común respecto al tamaño de su cuerpo o que tiene un sistema circulatorio óptimo que lleva oxígeno y nutrientes hasta la última de sus células. Esto es bonito de captar, como lo puede ser el vuelo de una abeja o los colores de la cola del pavo real. Sin embargo, para la mayor parte de las personas, una persona fea no es, valga la redundancia, guapa. Y aquí es donde entra la belleza como atractivo físico. Hasta que estas medidas de Ingeniería Social a las que nos están sometiendo no comiencen a ser punitivas y totalitarias, los seres humanos encontraremos belleza bruta en determinadas cualidades físicas de nuestros congéneres. Estas cualidades pueden variar discretamente en determinados contextos o incluso pueden ser radicalmente opuestas en algunos individuos. Pese a ello, no cabe duda de que hay unos estándares que van a resultar muy atractivos a la mayoría y que, como no podía ser de otra forma, varían entre hombres y mujeres. Parece una perogrullada, pero la mayoría de hombres se van a sentir atraídos por la juventud de una mujer (esta juventud puede verse reflejada en, por ejemplo, un cuerpo atlético o unos retoques de maquillaje), y muchas mujeres se van a sentir atraídas por hombres fuertes, musculosos y, parafraseando de nuevo Extasía, “hombres con una buena posición social, que tengan sentido del humor, ya que esto se va asociar a inteligencia, que sean atentos, cariñosos con la prole pero lo suficientemente violentos como para destruir a alguien que intente hacer daño a la familia”. Sobra decir que luego cada uno es libre de elegir sus gustos y sus parejas sexuales, ya bien sean de distinto sexo o del mismo.

¿No es un claro ejemplo de la Tiranía de los Esclavos? ¿Quién no ve la belleza bruta de la masculinidad más viril en esta escultura de Hércules matando a un centauro?

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¿Alguien entiende, si no, qué motivos llevan al Ayuntamiento a prohibir ese calendario? ¿Alguien entiende qué les lleva a meterse hasta en los gustos innatos de las personas? ¿Es que el Estado debe orientarnos también en lo que debemos encontrar hermoso?

Buscando fotos de «belleza» en Google me he encontrado con este cuadro, con el que me gustaría cerrar la disertación. Afortunadamente, incluso en nuestros días hay pintores que se atreven a perpetuar esta rebeldía artística. El arte debe ser bello, debe penetrar por la retina del ojo humano y llevarse por delante todo cuanto encuentre a su paso; y ojo, hasta las cosas horribles pueden ser bellas si su horripilancia es retratada con el estilo más original y puro.

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Es que pueden reconocerse hasta las facciones eslavas en esta pintura de Serge Marshennikov. Sencillamente impresionante.

Ya lo decían los románticos, y no les faltaba nada de razón:

«Solo quiero por riqueza la belleza sin igual»

La Canción del Pirata; Espronceda.

Aunque intenten hacernos creer lo contrario:

¡LARGA VIDA A LA BELLEZA!

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